Gavarnie

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sábado, 4 de junio de 2022

El derrumbe monetario-financiero y productivo, El colapso de la civilización industrial III

Aquí enlace a la 1ª parte 

Aquí enlace a la 2ª parte

La crisis energética implicará una profunda crisis económica en la que no habrá recuperación estable del crecimiento. Para funcionar en un mundo “lleno”, no solo no valen las recetas del pasado (keynesianas, neoliberales) sino que son contraproducentes y su aplicación abocará al sistema a una quiebra más abrupta y profunda. Tendremos una crisis de subproducción, destacando la energética y la de alimentos.

La de alimentos ya asoma por aquí. 

La crisis será, por primera vez en la historia del capitalismo, especialmente desde la Revolución Industrial, una “destrucción destructiva” que arrastrará consigo al capitalismo global. Lo que emerja será distinto, aunque podrá seguir existiendo el capitalismo. La quiebra del capitalismo global tendrá una tremenda repercusión, pues la globalización es el principal mecanismo que mantiene a la civilización industrial como un todo.


El colapso de la civilización industrial III


Precio del petróleo y crisis

El crecimiento es indispensable para el funcionamiento del capitalismo. Entre los factores para que exista, la disponibilidad abundante de energía es central. En primer lugar, simplemente no hay actividad económica sin energía abundante. Esto tiene varias implicaciones. Una es que en escenarios de alto gasto en energía queda menos dinero para desarrollar otras partes de la economía, lo que limita el crecimiento. Esto es especialmente grave en los territorios importadores de energía, donde el encarecimiento energético supone un empeoramiento de la balanza comercial y una mayor dificultad para encontrar financiación. Otra implicación es que el precio de la energía (del petróleo y gas) es un factor director de la inflación

por lo que si este sube compromete al conjunto del sistema. Por ejemplo, para intentar controlar la inflación, los bancos centrales suelen aumentar el precio del dinero, lo que tiende a limitar el consumo por falta de crédito.

La influencia también funciona en el sentido contrario, pues si la actividad económica baja, también lo hacen la demanda de energía y su precio, lo que puede llegar a producir una parada en la extracción por una degradación de la infraestructura y falta de inversión, lo que dificultaría una reactivación económica. Esto se ve agravado porque la consecución de energía requiere fuertes inversiones monetarias y energéticas, además de temporales.

Otro elemento imprescindible para la reproducción del capital es que el consumo vaya al alza, lo que tiene que ver con la energía disponible y con la productividad, pues un descenso en esta última reduce el consumo al obligar a la clase capitalista a rebajar los sueldos y a aumentar los precios. Además, la energía abundante y accesible es la que genera confianza en todo el sistema y permite la creación de dinero y deudas que lubrican el consumo.

La expansión en forma de globalización fue una respuesta del capitalismo a la crisis de la década de 1970. Además de nuevos territorios, permitió una mayor economía de escala y una alta  especialización, que aumentaron los beneficios. Sin embargo, sin energía barata no hay transporte global.

Finalmente, el capitalismo también convierte en capital el “trabajo” realizado por la naturaleza. Pero esto se va tornando cada vez más difícil conforme se alcanzan los picos de extracción de energía y materiales. No volverá un contexto como el del siglo XX, en el que los costes de extracción de la energía (de los combustibles fósiles) vuelvan a estar notablemente por debajo de su valor económico. Además, este incremento de la factura energética no producirá más energía y sí redundará en una menor productividad

El precio de los combustibles podría subir indefinidamente produciendo que los combustibles no convencionales, cuya explotación ahora no es rentable, se convirtiese en posible. Sin embargo, esto no va a ocurrir, ya que el límite máximo del precio del crudo para que se active una recesión está en unos 120-130 $/b. 

Los Estados y las economías, sobre todo centrales, tienen cierto aguante. Por ejemplo, poseen una (relativa) capacidad de pagar altos precios del crudo durante un tiempo, como muestra que, tras el pico de precios que desató la Gran Recesión de 2008, la economía se ha recuperado ligeramente, a pesar de que los precios altos se mantuvieron hasta 2014. Esto se consiguió gracias a una inyección masiva de dinero en el sistema, que sostuvo la capacidad de compra de la población, los Estados y, sobre todo, las empresas. Pero esta es una política que no es sostenible en el tiempo. Es más, conforme se fueron retirando los estímulos la economía retomó la crisis y, con ella, el precio del petróleo bajó causando problemas a las empresas del sector que redundarán en una mayor crisis económica. Y, lo que es más importante, no se pueden imprimir barriles de petróleo y, sin energía accesible, la economía financiera no podrá sostener todo el entramado.

Escenarios de precios del petróleo

Si se descuentan las crisis petroleras de la década de 1970 (de causas políticas), en el siglo XX el petróleo se caracterizó por la estabilidad y el bajo precio: 20-30 $/b. Esto no se va a repetir y lo que se producirá es una primera etapa de precios fluctuantes que alcancen picos altos. Para explicar esta evolución hay que recurrir a múltiples elementos que hacen que la dinámica sea compleja y para nada obvia. 

El cambio de patrón en el precio del petróleo se produjo en 2005, el año en el que se alcanzó la capacidad máxima de extracción del petróleo convencional.

Desde entonces, se ha producido una tensión al alza en su precio. Por una parte, solo se ha podido incrementar el crudo en el mercado gracias a los más caros petróleos no convencionales. Además, la TRE (Tasa de Retorno Energético)  del petróleo es descendente y la capacidad de ponerlo en el mercado disminuirá. Asimismo, el previsible escenario de enfrentamiento creciente entre las distintas potencias,  empujará al alza la cotización del crudo; pues habrá infraestructuras que se destruirán, países que reducirán su extracción (al menos temporalmente), un mayor gasto en el control militar de territorios y rutas, embargos, etc. Las etapas de menores precios del petróleo, como el periodo 2014-2017, se pueden explicar por al menos tres factores: 


i) La oferta de líquidos combustibles (en volumen, que es lo que miden los mercados, no en energía neta) siguió aumentando hasta 2015. Esto fue consecuencia de las políticas de quantitative easing que, por ejemplo, dieron alas a la industria de la fractura hidráulica. En el caso de las petroleras públicas, hubo varios condicionantes que explicaron el sostenimiento de la extracción. Probablemente, los más importantes fuesen el intento de mantener la cuota de mercado y de no rebajar aún más los ingresos a corto plazo, pues la situación económica y social era complicada para muchos (Venezuela, Rusia, Brasil, Irán). 


ii) La Gran Recesión continuaba, con el descenso de la demanda  consiguiente. Esto tenía detrás, entre otras cosas, el bajo precio del petróleo. Por lo tanto, un aumento de la oferta (aparente) y un descenso de la demanda implicaron una presión a la baja sobre los precios. 


iii) A esto se sumó el recorte a la masiva creación de dinero por parte de la Reserva Federal, lo que redujo la presión inflacionaria de toda la economía, empezando por las materias primas.


Tanto las subidas como las bajadas de precios se verán amplificadas por la especulación. El petróleo, como el resto de materias primas, se negocia en los mercados financieros. En bolsas como las de Chicago y en transacciones privadas en los mercados OTC. La OPEP no pone los precios del petróleo, sino que intenta regularlos colocando más o menos crudo en el mercado. Como con cualquier otro activo financiero, con los derivados del petróleo se pueden obtener beneficios cuando su valor sube y cuando su valor baja. Es decir, que el “desequilibrio” entre oferta y demanda se ve incrementado a corto plazo por la especulación. A esto se suma que el pico del petróleo también implica una menor capacidad de controlar el flujo puesto en el mercado y, por lo tanto, una mayor facilidad para especular con él y con ello exagerar más las fluctuaciones de precios. La siguiente fase, después de varios años de fuertes fluctuaciones de precios, podrá ser la de un precio elevado y estable. Es la etapa actual con precios ya por encima de 100$ el barril y muy cercanos a 120 -130 $ el barril que es cuando se producirá la recesión. A no ser  que el desplome económico haya sido tan mayúsculo que la demanda sea muy pequeña. O, dicho de otro modo, esto sucederá cuando el petróleo deje de ser el motor energético de la economía y se parezca más a un artículo de lujo.

Diesel y fuel oil


La crisis económica aumentará la crisis energética

La relación entre la crisis energética y la económica es un ejemplo de bucle de realimentación positivo. Si la primera ha contribuido a desencadenar la segunda, después la segunda refuerza la primera.

Para prever cómo será el descenso del flujo de crudo disponible, la geología es fundamental, pero también la economía (ritmo de inversión, nivel de precios), las tecnologías empleadas, los recursos disponibles (por ejemplo, hacen falta grandes cantidades de agua para extraer el petróleo y para refinarlo), la política (inversiones públicas en combustibles fósiles o en renovables, concesión de derechos de explotación, títulos de propiedad), las condiciones laborales (parones en la extracción, cualificación del personal) o los aspectos militares (destrucción de la infraestructura petrolera). Muchos de estos factores producirán situaciones no lineales en las que se perderán capacidades que costará mucho recuperar (o serán irrecuperables). Los factores económicos desempeñarán un papel fundamental. Por una parte, es esperable que las fases de petróleo caro reducirán la demanda, lo que estirará la curva de descenso haciéndola menos pronunciada. A esto también contribuirá que los precios altos del crudo incentivarán la explotación de los campos menos rentables.


Pero, a pesar de eso será muy difícil acometer nuevos esfuerzos explotadores por varias razones que van a producir que el escenario sea de reducción de financiación, mientras lo que haría falta es un aumento ante la dificultad creciente de la extracción. Las fundamentales serán: 


i) La demanda energética menguará a causa de la profundización y ampliación de la crisis económica y esto quitará atractivo a la inversión.


 ii) Además, las inversiones (que deben producirse en plazos dilatados) serán en un entorno de precios muy fluctuantes, lo que hará que sean más arriesgadas.


iii) Los periodos de precios altos incentivan la inversión, pero solo hasta cierto punto. Ya vimos que si el precio sube demasiado, la economía en su conjunto entra en crisis, lo que limita la posible inversión. 


iv) Los costes requeridos para aumentar la explotación han subido considerablemente, entre otras cosas porque los nuevos campos son cada vez menos accesibles geológica y geográficamente, además de más pequeños, con lo que el coste unitario aumenta. A esto se añade que los campos antiguos rentan cada vez menos.


 v) Los costes también aumentarán por el incremento de accidentes fruto de la menor accesibilidad de los recursos. 


vi) El sector petrolero ya está fuertemente endeudado, a lo  se añadirá la escasez de crédito conforme se agudice la quiebra de los mercados financieros.

 vii) Una parte considerable de la infraestructura petrolera se ha quedado obsoleta. También hay escasez de mano de obra cualificada y de equipos de perforación, lo que obligará a más gastos. 


viii) La viabilidad de las compañías depende, como vimos, más de su atractivo financiero que productivo. De este modo, las empresas desvían las inversiones a actividades como la recompra de sus acciones, en lugar de a la construcción de nuevas plantas, el mantenimiento de la infraestructura o el desarrollo de nuevos campos. Esto, lejos de ser una coyuntura pasajera, es un imperativo del mercado.


 ix) En los últimos años, los impuestos sobre la actividad petrolera han crecido considerablemente en la mayoría de los países extractores y no es probable que esto cambie conforme avancen sus problemas fiscales. 


Esta disminución en la financiación es algo que ya está sucediendo. Además, las compañías se están deshaciendo de sus yacimientos más dudosos a precios de saldo. Y no solo se está produciendo desinversión, sino también quiebras. Este proceso afecta también a las compañías estatales. Muchas de ellas arrojan pérdidas significativas (Pemex, Statoil, Petrobras) y parte de los nuevos descubrimientos en América Latina no se están pudiendo explotar por falta de financiación. Además, como la economía de sus países matrices depende en gran medida del crudo y han aumentado mucho sus gastos, el precio mínimo para cuadrar las cuentas estatales es alto. Ante esta situación, algunos (México, Venezuela, Brasil, Argentina, Baréin, Libia, Irán, Noruega) están abriéndose a la inversión extranjera y a las tecnologías de las compañías privadas para sostener la extracción. Pero las multinacionales del petróleo, las inversoras naturales, están realizando el movimiento contrario.

Los problemas afectarán también a las renovables. Es previsible que las inversiones en ellas se estanquen a medida que la crisis económica continúe y todavía haya disponible carbón, gas y uranio, lo que sitúa un panorama futuro mucho más complicado, pues se habría malgastado tiempo y recursos para la inevitable transición energética.

En conclusión, considerando los factores económicos, el descenso de energía

disponible sería notablemente mayor que el previsto por el agotamiento geológico.

Basado y adaptado de:

Referencia: En la espiral de la energía Volumen II

Y aquí el panorama más actualizado

El pico del diésel versión 2021



 

domingo, 3 de abril de 2022

SOStenibilidad

La palabra de moda, ahora todo es sostenible, las ciudades, las empresas, las nuevas urbanizaciones, el turismo, las inversiones, los viajes, incluso hubo una época que se llegó a hablar de guerra sostenible!!!

Ahora los políticos cuando hablan, siempre acaban diciendo la palabra sostenible. “vamos a construir una urbanización sostenible, vamos a construir una autopista sostenible…etc”

Se utiliza tanto la palabra sostenible que ya ha perdido su significado, de hecho muy poca gente sabe, o mucho menos es consciente de su significado.

Según la RAE, sostenible es: Que se puede sostener.

Especialmente en ecología y economía, que se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente.

sostenibilidad


Es decir, una actividad sostenible tiene que poder realizarse sin cambios durante miles de años.  Las palabras que más suelen asociar los políticos a sostenible es crecimiento o desarrollo. Todas sus frases acaban con crecimiento sostenible o desarrollo sostenible. Pero es un oxímoron o crecemos o nos sostenemos, o nos desarrollamos o nos sostenemos pero ambas cosas a la vez son imposibles.

Cualquier actividad que implique el uso de combustibles fósiles aunque sea marginalmente o de forma secundaria NO ES SOSTENIBLE por definición. El turismo es sostenible si lo hacemos en bicicleta (y a ver como fabricamos la bicicleta, especialmente las cubiertas de caucho) o en burro. El crecimiento nunca podrá ser sostenible en un planeta esférico, para que fuera sostenible necesitaríamos un planeta plano e infinito.

Las energías renovables tampoco son sostenibles a menos que las fabriquemos utilizando energías renovables, cosa hoy por hoy, es prácticamente imposible.

Y en estas hemos llegado a la situación actual en la que todos somos muy ecologistas y muy defensores del planeta (como si el planeta necesitara que alguien le defienda) pero cuando la gasolina se ha puesto a 2 € el litro (por su escasez, no por la guerra) nos ha faltado tiempo para volver a subvencionar con dinero público las energías fósiles y olvidarnos de la transición energética y del cambio climático.

Han bastado unos pocos céntimos de subida de los combustibles fósiles para ver como la economía industrial entera ha comenzado a entrar en colapso.

Los políticos y la mayoría de la gente (da igual la ideología o el país) nos han dejado claro que no tenían pensada ninguna transición energética, ni les interesa lo más mínimo el cambio climático ni nada. En definitiva, se les ha visto el plumero y no tenían un plan B.

En vez de gestionar la escasez se han puesto a subvencionar un modelo obsoleto y en decadencia con el único objetivo de volver a la senda del crecimiento.  

Intentar apuntalar un sistema en colapso sólo nos llevará a una caída más temprana y más dura. Es ahora cuando hay que pensar en crear una sociedad sostenible (sin crecimiento) y resiliente. En principio podríamos comenzar reduciendo un 80 % nuestra dependencia energética fomentando el teletrabajo,  creando una red de trenes de vía estrecha, movidos con aerogeneradores fabricados industrialmente con el poco petróleo y gas que aún queda y creando huertos urbanos lo más cerca posible de los lugares de consumo. Todavía es posible un modelo que tienda hacia la sostenibilidad sin dilapidar lo poco que nos queda.  Algo similar al periodo especial que vivieron los cubanos. 

Pero visto lo visto, hay que dar por hecho que el camino a seguir será el de continuar apuntalando un sistema en colapso, subvencionando nuestra propia ruina  y haciendo  guerras por los últimos recursos.

 

 

domingo, 20 de marzo de 2022

El colapso de la civilización industrial II

 Este texto fue escrito unos años antes de la pandemia, de la guerra de Ucrania, del alza de precios y escasez de productos. Describe bastante bien hacia donde vamos y porqué. Y me hace pensar si el objetivo de Rusia en la invasión de Ucrania no será quedarse con sus tierras de cultivo y ya de paso dejar de exportar gas y petróleo a occidente, precisamente con el objetivo de quedarse para sí las últimas reservas.

La foto que acompaña este texto ya no es un montaje como la de la primera parte.

El colapso de la civilización industrial II


 Aquí el texto original adaptado.

 ¿Qué fases tendrá, qué profundidad alcanzará, cuánto durará

y a qué velocidad se producirá el colapso?


La quiebra de la civilización industrial no ocurrirá de forma súbita y total, sino

que será un proceso largo, complejo y diferencial, con altibajos.


Colapso del capitalismo global y civilizatorio

nuevas crisis que terminarán en una mayor degradación de la complejidad. el declive de la sociedad industrial se parecerá más a “una piedra rodando por una pendiente irregular que cayendo por un precipicio”. Así, se irá pasando de lo complejo, grande, rápido y centralizado, a lo sencillo, pequeño, lento y descentralizado. Todo ello trufado de irreversibilidades.

Los distintos sistemas no colapsarán a la vez, sino que serán los elementos más vulnerables los que lo hagan primero y, a partir de ellos, se irá extendiendo el proceso mediante múltiples bucles de realimentación positiva que irán produciendo irreversibilidades que imposibilitarán la vuela atrás en el cambio civilizatorio. Aunque no habrá una secuencia clara, sino una maraña de procesos interconectados en paralelo,

 

 i). Fin de la energía abundante y concentrada, como primera manifestación de la degradación de la biosfera, que se irá profundizando durante el siglo XXI.

 

ii). Derrumbe monetario-financiero. Crisis de la banca, los mercados especulativos y el crédito. También de las monedas globales.

 

iii). Desglobalización y decrecimiento. La energía escasa y el estrangulamiento del crédito ahogarán el comercio, especialmente el internacional. La economía se relocalizará y se empezará a producir un cambio del metabolismo social.

 

iv). Nuevo  orden geopolítico. Guerras por los recursos y regionalización.

 

v). Quiebra del Estado fosilista. El sistema político actual no será capaz de seguir funcionando y perderá su legitimidad. El Estado se reconfigurará y, en algunos territorios, desaparecerá.

 

vi). Reducción demográfica por las crisis alimentaria y sanitaria, y por guerras. Esta será una de las etapas lentas que empezará con el agravamiento de la crisis económica, de las condiciones ambientales y de los cuidados, pero que se irá profundizando conforme transcurran nuevas fases.

 

vii). Desmoronamiento de lo urbano. Sin orden económico globalizado, Estados

fuertes, ni energía abundante, las grandes urbes serán abandonadas progresivamente, convirtiéndose en minas y aumentando los huertos urbanos.

 

viii). Incapacidad de sostener la alta tecnología. Pérdida masiva de información y de conocimientos. Esta etapa será lenta y se irá produciendo tras el derrumbe

de la economía global.

 

ix). Cambio de los valores dominantes. Final del mito del progreso y eclosión de

nuevos referentes en los que la sostenibilidad y una vuelta a una concepción

más colectiva de la existencia serán elementos centrales, lo que no implicará

necesariamente mayor liberación humana.

 

 

El doloroso y largo declive alumbrará sociedades radicalmente distintas

De todo ello, surgirán nuevas luchas y articulaciones sociales que se moverán entre neofascismos o respuestas autoritarias, y cuidados de la vida ecomunitarios. En cualquier caso, los nuevos órdenes sociales no cuajarán hasta que el conjunto social no haya cambiado de “dioses”.

 

Aunque muchos de los procesos ya han comenzado (fin de la energía abundante, quiebra financiera, crisis del comercio global, nuevo orden geopolítico, deslegitimación de los Estados)  alrededor de 2030, se producirá un punto de inflexión en el colapso de la civilización industrial como consecuencia de la imposibilidad de evitar una caída brusca del flujo energético. Ya vimos que, alrededor de esta fecha, si no antes, se producirá el pico de los tres combustibles fósiles y del uranio. Si se considera la TRE, en 2030 la energía proveniente del petróleo podría ser un 15% de la del cénit. Además, es probable que Arabia Saudí deje de exportar crudo para entonces, mientras muchos otros países lo habrán hecho antes. A partir de ese momento, será materialmente imposible que funcione un sistema económico global. Y ya hemos analizado que no hay sustituto energético posible al petróleo convencional y menos al conjunto de los combustibles fósiles. Por si esto fuera poco, para 2030 se podrían haber superado los umbrales que disparen el cambio climático hacia otro estado de equilibrio del sistema Tierra notablemente más cálido, aunque, si la crisis económica fuese muy profunda y rápida, esto último pudiera no ocurrir.

 

Hasta ese momento, se intentarán mantener las mismas políticas de crecimiento, eso sí, actualizadas y condicionadas por las circunstancias. Seguirán los escenarios business as usual y “capitalismo verde”. En realidad, será solo uno: un business as usual con algún tinte de transición posfosilista, pero no poscapitalista. Los descensos reales de la disponibilidad de combustibles fósiles serán más acusados que los esperables por causas geológicas. Además, su disponibilidad en los mercados internacionales será menor que la extracción, porque progresivamente habrá más países que dejen de exportar. Por ello, irá avanzando la desglobalización. Los Estados que puedan, entrarán en una guerra interna y externa por el sostén de su estructura, intentando controlar a la población y los recursos básicos. El mantenimiento de estas políticas suicidas conllevará que el colapso sea más brusco a partir de ese punto de inflexión que, como decimos, puede estar alrededor de 2030.

Mientras, en los mundos campesinos e indígenas menos alterados, donde ya se está en parte en un metabolismo no fosilista, el colapso será mucho menos brusco y los impactos menos duros. Incluso habrá regiones que sientan aliviada la presión política y económica que sufren. Aunque la lucha por sus recursos naturales seguirá siendo fuerte. Más allá de este punto de inflexión, el carbón estará poco disponible y se exportará cada vez menos, aunque más que el gas, que estará claramente en declive. El comercio internacional de petróleo casi desaparecerá. En ese contexto, el capitalismo y sus posibles derivados ya solo podrán mantenerse precariamente en base a la violencia. Será a partir de entonces cuando será más evidente el Largo Declive en  el que se sumirán las sociedades.

 

Creemos que las sociedades ecomunitarias solo podrán desarrollarse, más allá de experiencias pequeñas o en espacios no modernizados, cuando se haya producido la quiebra de los poderes económicos y políticos, más allá de la década de 2030. Es decir, que antes de tener una oportunidad real de cambio ecomunitario habrá una etapa dura de destrucción social. El quehacer de los movimientos sociales en esa fase será clave para sembrar los proyectos que podrán aflorar luego, posibilitar las condiciones sociales para que esto sea factible y hacer que el colapso sea lo menos profundo posible, sobre todo a nivel ecosistémico. Sin este trabajo, es improbable que puedan surgir estas nuevas sociedades emacipadoras. Tampoco lo tendrán fácil después, aunque el contexto les dará más oportunidades. Cuajarán una gran diversidad de organizaciones sociales situadas entre ecofascismos o autoritarismos, y ecomunitarismos. Por ello, además de analizar cada una de las etapas. Por supuesto, el año 20230 se debe entender como una referencia estimativa. Lo más relevante no es si este punto será en la década de 2030 o de 2040, sino los procesos que se desencadenarán y que los vivirá gran parte de la población actual. A este punto de inflexión lo denominamos Bifurcación de Quiebra.

 

Todo el proceso será largo, pues el grado de extralimitación es muy grande y la

pérdida de complejidad será muy alta. La total reorganización social que se producirá durante el Largo Declive podrá durar unos 200 años, un periodo parecido al que tardó la civilización industrial en llegar a su cénit. O incluso más, pues los nuevos equilibrios ecosistémicos no estarán constituidos para entonces. El sistema climático puede tardar miles de años en estabilizarse y no son descartables escenarios catastróficos de pérdida de funciones ecosistémicas y desorden total de las redes de la vida.

 

Durante mucho tiempo, el ser humano no tendrá capacidad (ni probablemente voluntad) de realizar nuevos impactos destructores sobre el entorno: su población bajará, el consumo per cápita también, y su tecnología tendrá menos potencia y se basará en energías y materiales renovables.

La velocidad del colapso de los sistemas complejos depende del grado de integración de sus nodos y de la velocidad de funcionamiento de todo el sistema. A más integración y más velocidad, mayor celeridad. En el pasado, los colapsos societarios fueron relativamente lentos, como su metabolismo. El Largo Declive será rápido.

Como media, las civilizaciones han necesitado 500-1.000 años para expandirse y 100-300 para caer.

 

El doloroso Largo Declive alumbrará sociedades radicalmente distintas

 

Al principio (quiebra de la economía financiera y productiva global) pero, más allá de la Bifurcación de Quiebra, transcurrirá con más lentitud (desmoronamiento de lo urbano, quiebra del Estado fosilista) y el ritmo irá siendo más (cambio de subjetividades) y más (reorganización ecosistémica y climática) pausado. Además, el proceso tendrá distintas velocidades en los diferentes territorios, de igual modo que la transición del metabolismo forrajero al agrícola no se ha terminado de completar todavía (aunque casi) y el del agrícola al fósil sigue produciéndose.

La velocidad no será irrelevante pues “un descenso rápido implica:

 

i) Un descenso poblacional rápido (quiebra de sistemas de salud, guerras, epidemias…), pero no necesariamente más profundo.

 

ii) Más riesgo de guerras atómicas o químicas masivas.

 

iii)Menos caos climático y pérdida de biodiversidad y de funciones ecosistémicas (salvo guerras atómicas o químicas masivas).

 

 iv) Menos impacto sobre la biomasa (si el descenso es lento habrá una fuerte deforestación que durará más que si este es rápido y con menos población).

 

v) No sufrirán tantas generaciones humanas, pero será durísimo para las dos siguientes.

 

 vi) Menos riesgos de olvidar (la ciencia, la técnica, las razones que llevaron al desastre)”


 vii) Una desestabilización de los agrosistemas más profunda.  

Aquí la tercera parte.

Referencia: En la espiral de la energía Volumen II

sábado, 11 de diciembre de 2021

El colapso de la civilización industrial

El sistema socioeconómico actual tiene elementos de resiliencia importantes. Uno es que la alta conectividad aumenta la capacidad de responder rápido ante los desafíos. Por ejemplo, si falla la cosecha en una región, el suministro alimentario se puede garantizar desde otro lugar del planeta  y lo mismo se podría decir de una parte sustancial del sistema industrial.

El colapso de la civilización industrial


Sin embargo, la conectividad también incrementa la vulnerabilidad del sistema, ya que, a partir de un umbral, no se pueden afrontar los desafíos y el colapso de distintas partes afecta al conjunto. El sistema funciona como un todo interdependiente y no como partes aisladas que puedan sobrevivir solas.

A partir de un elemento cualquiera, como la falta de accesibilidad a gas y petróleo, esta carencia se transmite al conjunto. En este sentido, demasiadas interconexiones entre sistemas inestables pueden producir por sí mismas una cascada de fallos sistémicos.

Una mayor conectividad implica que hay más nodos en los que se puede desencadenar el colapso. A esto se añade que el sistema económico altamente tecnologizado depende cada vez de más materiales, de forma que la posibilidad de que falle uno de ellos aumenta y, con ello, el riesgo sistémico. Esto es una aplicación de la ley del mínimo de Liebig, según la cual el recurso disponible en menor cantidad determina todo lo demás. Como estamos viendo ahora con la escasez de microchips.

Pero el capitalismo global no solo está interconectado, sino que es una red con unos pocos nodos centrales. El colapso de alguno de ellos sería casi imposible de subsanar y se transmitiría al resto del sistema. Algunos ejemplos son:

 

i)      Todo el entramado económico depende de la creación de dinero (crédito) por los bancos, en concreto de aquellos que son “demasiado grandes para caer”.

 

ii)  La producción en cadenas globales dominadas por unas pocas multinacionales hace que la economía dependa del mercado mundial. Estas cadenas funcionan just in time (con poco almacenaje), son fuertemente dependientes del crédito, de la energía barata y de muchos materiales distintos. Esto ha provocado el atasco logístico del que aún no hemos salido y no parece que vayamos a  salir ya nunca.

 

iii)     Las ciudades son espacios de alta vulnerabilidad por su dependencia de todo tipo de recursos externos que solo pueden adquirir gracias a grandes cantidades de energía  concentrada y a un sistema económico que permita la succión de riqueza. Pero, a su vez, son un agente clave de todo el entramado tecnológico, social y económico.


En esta maraña interconectada, el colapso  no tendrá una única causa, sino que se producirá por la incapacidad del sistema de solventar una multiplicación de desafíos en distintos planos en una situación de falta de resiliencia: colapsos de Estados, crisis monetarias y financieras, bloqueo de infraestructuras (caída de la red eléctrica , huelgas en el transporte), alzas en los precios de la energía  o de determinados materiales,  etc.

El colapso se da en situaciones de altos niveles de estrés en distintos planos del sistema. Esto fue lo que le sucedió al Imperio romano y a la civilización maya. Por lo tanto, la conectividad jerarquizada es un elemento intrínseco del capitalismo fosilista globalizado que lo hace más vulnerable, aunque no es la única causa de esta vulnerabilidad. Una segunda es la velocidad. En una sociedad capitalista, el beneficio a corto plazo es lo primero. Y estos beneficios se evalúan en tiempos cada vez menores: año, trimestre, semana, día, hora. Esto implica que la capacidad de previsión y de proyección futura sea poca. Además, el capitalismo necesita crecer de forma acelerada.

Un tercer elemento de debilidad es que la sociedad capitalista globalizada se ha convertido en una potente extractora de recursos del planeta, eliminando el colchón con el que afrontar los desafíos que tiene por delante. Bajo esta mirada, las sociedades del pasado eran mucho menos vulnerables a un cambio climático y, sin embargo, este fue el detonante de fuertes transformaciones. A esto se suma la ley de rendimientos decrecientes, que se ejemplifica en que la TRE de los combustibles fósiles no convencionales y las fuentes alternativas se sitúan dentro del “precipicio energético”, haciendo imposible el sostenimiento de la complejidad actual.

La probabilidad del colapso también depende de las tecnologías que se utilicen. Por ejemplo, una tormenta solar no produciría efectos en una sociedad agraria y, en cambio, sería devastadora en una sociedad hipertecnificada, al afectar a los sistemas de comunicación vía satélite y a los aparatos electrónicos. Así, la caída del sistema eléctrico será desastrosa.

No hay tiempo para una transición ordenada que pueda esquivar el colapso. El cambio de la matriz energética conlleva décadas en un escenario de disponibilidad energética al alza.

Una vez asentado un modo de vida urbano, una economía mundializada, un consumo material en aumento y un tamaño poblacional alto, desengancharse del consumo energético que conllevan, requiere un gran cambio civilizatorio.

Ante todo esto, se plantea (más con el corazón que con el cerebro) que el intelecto humano será capaz de esquivar el colapso. Para ello, una de las herramientas principales serán los avances tecnológicos.

El cerebro humano tiene limitaciones para comprender lo sistémico, lo remoto y lo lento y aún más las evoluciones exponenciales, lo cual no quiere decir que no pueda intuirlas y comprenderlas rudimentariamente. Además, los seres humanos reaccionan adecuadamente cuando el límite a partir del cual un comportamiento seguro se torna en peligroso está bien definido, incluso aunque los riesgos no lo estén; pero el colapso de la civilización industrial está plagado de umbrales de difícil definición. Así, se entrará en situaciones de no retorno sin notarlo y, cuando esto suceda, los cambios serán rápidos e imparables.

El colapso de una civilización dura muchas décadas y la reducción es bastante paulatina para la percepción humana, aunque en términos históricos sea rápida. Al principio, las señales son difíciles de percibir para la mayoría de la sociedad; después, se tiende a pensar que cualquier periodo de estabilidad significa que el colapso se ha detenido; finalmente, cuando se acumula la degradación social, este es el estado que se percibe como “natural”. Una prueba histórica de esta incapacidad de las sociedades humanas es que muy pocas, o quizá ninguna, han sido conscientes de que entraban en una crisis civilizatoria. Los grandes cambios en los sistemas socioeconómicos son considerados como tales retrospectivamente. En el caso del Imperio romano, la población no pareció ser consciente de todo el proceso. Sí de las derrotas militares, pero no de la situación de fondo.

Aquí la segunda parte.

Aquí la tercera parte

Referencia: En la espiral de la energía Volumen II